MENTALIDAD FINANCIERA
Gastos Necesarios e Innecesarios
La clasificación que encuentra el dinero que ya tenés.
Programa: Formación en Mentalidad Financiera y Desarrollo Personal. Docente: Equipo académico CED Huellas Misioneras. Eldorado, Misiones — 2026.
Introducción a la clase
La Clase 3 cerró con el presupuesto armado: cada estudiante llegó a una planilla propia, con sus ingresos clasificados según las cuatro fuentes de Ibáñez Padilla y sus egresos ordenados según la estructura de Puentes. Pero esa planilla dejó, deliberadamente, una columna a medio completar: la de Ajuste y Mejora. Saber cuánto gasto no alcanza para saber qué gasto puedo ajustar sin que eso duela. Esa es exactamente la pregunta que abre la Clase 4.
Para responderla, esta clase vuelve al libro que dio origen a todo el programa: Del colchón a la inversión, de Mariano Otálora. Hasta ahora, Otálora apareció como autor puente, citado al pasar en las clases anteriores. En esta clase pasa al centro: es el eje sobre el que se construye todo el desarrollo, porque el diseño completo de este programa —desde el hombre colador y el hombre esponja de la Clase 1 hasta la planilla de presupuesto de la Clase 3— nació de su libro. Corresponde, entonces, que sea también quien enseñe a clasificar el gasto.
Otálora propone una distinción que parece simple y que, sostenida con disciplina, es la herramienta más concreta de todo el programa hasta este punto: todo egreso familiar puede clasificarse en necesario o innecesario. Los necesarios son aquellos de los que no se puede prescindir sin afectar el bienestar: impuestos, alimentos, salud, vivienda. Los innecesarios están vinculados a impulsos y deseos, y su eliminación o reducción no compromete ese bienestar. La capacidad real de ahorro de una familia argentina, sostiene Otálora, no está escondida en un ingreso que falta: está escondida en la frontera entre estas dos categorías, casi siempre mal trazada.
Esta clase suma un segundo autor, distinto en método pero complementario en función: James Clear, en Hábitos atómicos. Otálora da el criterio de clasificación; Clear da el mecanismo para sostenerlo en el momento exacto en que aparece la tentación de gastar. Clasificar un gasto en la planilla, tranquilo, en casa, es fácil. Resistir el impulso frente al vendedor simpático de la casa de electrodomésticos —el mismo ejemplo que Otálora desarrolla en su libro— es otra cosa. Ahí es donde entran las cuatro leyes del cambio de conducta de Clear.
La clase está pensada íntegramente en contexto argentino, porque así está escrito el libro que la sostiene. Los ejemplos —el café diario, el taxi, el auto a GNC o a nafta, el delivery, la cuota sin interés del LCD de 32 pulgadas— no son ejemplos genéricos traducidos: son la economía cotidiana de cualquier ciudad del país, incluida Eldorado.
Esa cercanía es, en sí misma, parte del método: nadie clasifica con honestidad un gasto que no reconoce como propio.
Apartado 1 — El hombre colador, revisitado
En la Clase 1, el hombre colador y el hombre esponja funcionaron como dos perfiles generales: dos maneras de relacionarse con el dinero, útiles para el autodiagnóstico inicial. Otálora describe al hombre colador como aquel por el que el dinero pasa sin dejar rastro, incapaz de llegar a fin de mes con el sueldo, dependiente del crédito, comprador por impulso más que por necesidad. Al hombre esponja lo describe en el extremo opuesto: capaz de absorber el dinero y destinarlo al ahorro, y cuando gasta, gasta con una decisión pensada y planificada.
Qué cambia en esta clase respecto de la Clase 1: ya no alcanza con reconocerse como colador o como esponja en términos generales. Otálora insiste en que el diagnóstico tiene que bajar a la práctica cotidiana, gasto por gasto, porque nadie es colador o esponja de manera uniforme en todas las áreas de su vida. Hay quien administra con precisión el alquiler y los impuestos —los gastos necesarios— y sin embargo se transforma en colador exacto frente al café de la mañana, el taxi o la cuota sin interés. El diagnóstico general de la Clase 1 fue el punto de partida; esta clase pide un diagnóstico línea por línea.
Por qué importa esta distinción más fina: porque la capacidad de ahorro que se calculó en la Clase 3 —esa columna final de la planilla, con un porcentaje concreto comprometido— no se sostiene sola. Se sostiene, o se erosiona, en decisiones pequeñas y repetidas: el café, el taxi, la comida pedida por delivery. Otálora propone un ejercicio simple y a la vez incómodo para volver visible este patrón: observar con atención todo lo que se tiene en casa —un lápiz, un mueble, ropa, un adorno— y preguntarse cuánto de eso tuvo, realmente, utilidad. Si de diez cosas, siete no la tuvieron, el escenario de gasto es preocupante; si apenas una o dos, la persona ya está bien encaminada.
Otálora propone revisar objetos comprados sin valorarlos después. No es un ejercicio de culpa: es un método de diagnóstico. Cuantas más cosas sin utilidad real aparezcan, más lejos está la persona de comportarse, en la práctica diaria, como el hombre esponja que cree ser.
Este ejercicio conecta de manera directa con la Clase 3: Valeria y Ezequiel armaron su planilla registrando ingresos y egresos durante un mes completo, y ambos descubrieron gastos variables que nunca habían sumado conscientemente. El inventario de Otálora es la misma lógica aplicada hacia atrás en el tiempo: en lugar de registrar el gasto futuro, revela el patrón acumulado del gasto pasado.
“Debemos saber desde dónde comenzamos. Ser conscientes de nuestra realidad financiera.”
— Mariano Otálora, Del colchón a la inversión
Cómo se hace este diagnóstico línea por línea en la práctica: tomando la misma planilla de presupuesto que se armó en la Clase 3 —la que ya tiene cada gasto mensual registrado y con su porcentaje sobre el ingreso calculado— y agregando, junto a cada línea, una sola marca: colador o esponja. No hace falta ningún sistema complejo. Alcanza con revisar, gasto por gasto, si esa erogación particular refleja una decisión pensada o una repetición automática. La mayoría de las personas descubre, en este punto, que su comportamiento no es uniforme: son esponja con el alquiler y colador con el delivery, o al revés.
Cuándo conviene hacer este diagnóstico línea por línea: apenas se cierra el primer mes de presupuesto ordenado según la estructura de Puentes, antes de avanzar a la clasificación de necesarios e innecesarios del Apartado 2. El orden importa: primero se identifica el patrón de comportamiento por gasto —colador o esponja—, y recién después se clasifica cada gasto según su naturaleza —necesario o innecesario—, porque un mismo gasto necesario puede administrarse como colador o como esponja, y esa diferencia también tiene impacto en el excedente final.
Antes de clasificar un solo gasto en necesario o innecesario, hacé el ejercicio del inventario durante una semana. No se trata de dejar de comprar nada, sino de mirar, con la misma honestidad con la que se miró el propio comportamiento financiero en la Clase 1, qué proporción de lo que se acumula en casa realmente se usa.
Apartado 2 — Necesarios e innecesarios: la clasificación que encuentra el dinero
Qué son, exactamente, estas dos categorías. Otálora define los gastos necesarios como aquellos de los cuales no se puede prescindir ni renunciar: algunos son obligatorios, como los impuestos, y otros son necesarios en un sentido más amplio, como los medicamentos o los alimentos. Son vitales, y reducirlos o eliminarlos afecta el bienestar personal o familiar. Los gastos innecesarios, en cambio, son aquellos que pueden reducirse, omitirse o modificarse con facilidad: están relacionados con impulsos y deseos, orientados a bienes o servicios que no son básicos, y su eliminación o reducción no debería afectar ese mismo bienestar.
Necesarios: vitales, obligatorios o indispensables (impuestos, alimentos, salud, vivienda). Su reducción afecta el bienestar. Innecesarios: vinculados a impulsos y deseos, no básicos. Su reducción no afecta el bienestar.
Por qué importa esta clasificación más que casi cualquier otra herramienta del programa hasta ahora: porque, según Otálora, la capacidad de ahorro no surge principalmente de ganar más dinero, sino de encontrar el que ya circula sin control por la categoría innecesaria. La mayoría de las familias argentinas no tiene, en principio, un problema de ingresos insuficientes: tiene un problema de gastos pequeños, frecuentes, que nunca se suman ni se anualizan y que, uno por uno, parecen inofensivos.
Cómo se aplica esto en la práctica: Otálora insiste en que ningún gasto chico debe evaluarse de manera aislada, sino multiplicado por su frecuencia anual. Tomar un café con una medialuna todos los días puede parecer un gasto insignificante en el momento —unos pocos pesos—, pero multiplicado por 365 días se convierte en una cifra que, vista de una sola vez, cambia por completo la evaluación. Lo mismo ocurre con un segundo café diario, con la compra del diario, o con cualquier consumo que se repite sin registrarse conscientemente.
Evaluar un gasto pequeño por su costo diario y no por su costo anual. Un gasto de $7 por día no cuesta $7: cuesta $2.555 al año. La perspectiva cambia por completo cuando se multiplica la frecuencia.
Otálora no propone eliminar estos gastos pequeños: propone pensarlos antes de repetirlos, y buscar, cuando exista, un sustituto que ofrezca una satisfacción similar a menor costo. El ejemplo que usa —cambiar el café de bar por una cafetera propia— es menos importante que el principio detrás: no se trata de privación, se trata de decisión consciente.
El mismo criterio se aplica a decisiones más grandes. Otálora distingue, además, entre gasto e inversión, una distinción que conviene sumar a la de necesario/innecesario porque no siempre coinciden: el alquiler de la vivienda es un gasto necesario, pero la cuota del crédito hipotecario de esa misma vivienda es una inversión, porque incrementa el patrimonio. Tomar un taxi de manera sistemática, en cambio, cuando existe una alternativa de transporte más económica, es un gasto innecesario, mientras que pagar una capacitación o el colegio de los hijos es una inversión, aunque implique una erogación de dinero tan real como cualquier otra.
El presupuesto ordenado por necesarios e innecesarios
Para bajar esta clasificación a un formato replicable, Otálora propone completar, dentro del presupuesto ya armado en la Clase 3, dos bloques separados de gastos. El siguiente es un ejemplo simplificado, adaptado a valores actuales, que ilustra la lógica del original:
Cuándo revisar esta clasificación: no es un ejercicio de una sola vez. Otálora recomienda revisarla con la misma frecuencia con la que se revisa el presupuesto general —mensualmente al principio, y al menos una vez por trimestre después—, porque un gasto clasificado hoy como innecesario puede convertirse en necesario si cambian las circunstancias, y viceversa. Lo que no cambia es el método: antes de dar por buena cualquier compra repetida, preguntarse si de verdad corresponde a la categoría en la que la persona cree, por costumbre, que está.
Antes de cualquier compra, Otálora propone un filtro de cinco preguntas simples: qué es lo que se quiere comprar, cuánto se está dispuesto a pagar, si existe seguridad sobre esa decisión, si realmente se necesita, y si existe algún sustituto que brinde una satisfacción similar a menor costo. Dejarse llevar por el deseo, sin pasar por este filtro, es —según el autor— el camino más directo hacia el gasto innecesario disfrazado de necesidad.
“En la economía personal o familiar, podemos encontrar dos tipos de gastos: los necesarios y los innecesarios.”
— Mariano Otálora, Del colchón a la inversión
Por qué esta clasificación es especialmente argentina
Otálora escribe pensando de manera explícita en la economía argentina, y esta clasificación lo refleja mejor que cualquier otra herramienta del libro. En un contexto de inflación alta y persistente, la frontera entre necesario e innecesario no es fija: se mueve con el bolsillo de cada familia y con el momento económico del país. Un gasto que en un mes de ingresos holgados podía clasificarse como innecesario —una salida a comer afuera, por ejemplo— puede volverse, en un mes de fuerte ajuste, directamente impensable, mientras que otros gastos que parecían menores empiezan a pesar de manera desproporcionada en el presupuesto familiar.
Otálora advierte, además, sobre una trampa típicamente local: las cuotas sin interés. La posibilidad de pagar en “cómodas y eternas cuotas” hace que un gasto claramente innecesario —el ejemplo del televisor de 32 pulgadas que termina reemplazando al de 21— se sienta, mes a mes, como un monto pequeño y manejable, cuando en realidad compromete una porción fija del ingreso futuro durante mucho tiempo. La inflación, paradójicamente, agrava esta trampa: como el valor de la cuota se licúa con el tiempo, la tentación de financiar gastos innecesarios en cuotas crece exactamente en los momentos en que más convendría reforzar el criterio de clasificación, no relajarlo.
Por este motivo, la clasificación de necesarios e innecesarios no puede pensarse como un ejercicio de una sola vez, hecho con los precios y el ingreso de un mes puntual. Tiene que revisarse con la misma frecuencia con la que cambia el contexto económico del país, algo que en la Argentina, a diferencia de economías más estables, puede significar revisarla cada pocos meses y no una vez al año.
Apartado 3 — Sostener la clasificación frente al impulso
Clasificar un gasto en la tranquilidad de la planilla es relativamente sencillo. El desafío real, que Otálora describe con humor en el ejemplo del televisor —uno entra a comprar un modelo de 21 pulgadas y sale con un LCD de 32 pulgadas en 60 cuotas—, ocurre en el momento de la tentación, frente al vendedor simpático y la promoción solo por hoy. Ahí es donde Otálora deja de tener herramientas propias y donde conviene incorporar a James Clear.
Qué propone Clear en Hábitos atómicos: que todo comportamiento repetido —comprar por impulso incluido— responde a un patrón de cuatro leyes, y que ese mismo patrón puede usarse a la inversa para sostener un buen hábito, como el de clasificar un gasto antes de realizarlo. Las cuatro leyes son: hacerlo obvio, hacerlo atractivo, hacerlo sencillo y hacerlo satisfactorio.
Hacerlo obvio: visibilizar el gasto innecesario antes de que ocurra (por ejemplo, anotar cada consumo repetido, como pedía Puentes en la Clase 3). Hacerlo atractivo: asociar la clasificación del gasto con el objetivo de ahorro ya definido, no con la privación. Hacerlo sencillo: reducir la fricción de la buena decisión —por ejemplo, dejar la tarjeta en casa y salir con el efectivo ya presupuestado. Hacerlo satisfactorio: registrar el ahorro logrado de inmediato, para que la recompensa de no gastar se sienta tan rápido como la de gastar.
Por qué hace falta esta cuarta ley en particular: porque el gasto innecesario, según Clear, gana casi siempre porque su recompensa es inmediata —el café sabe bien ahora mismo— mientras que la del ahorro es diferida y abstracta —un objetivo a cinco o diez años, como el que Susana y Carlos trabajaron con el interés compuesto en clases anteriores del programa—. Si no se construye una satisfacción inmediata también del lado del ahorro, la balanza queda estructuralmente inclinada hacia el gasto.
Cómo se aplica esto en conjunto con Otálora: cada vez que un gasto se clasifica como innecesario y se decide no realizarlo, Clear recomienda registrar de inmediato ese monto no gastado —transferirlo, aunque sea simbólicamente, a la cuenta de ahorro separada que Otálora ya recomendaba abrir en la Clase 3—. La clasificación de Otálora le da el contenido a la decisión; el registro inmediato de Clear le da la recompensa que sostiene el hábito en el tiempo.
“Cada acción que realizas es un voto a favor del tipo de persona en la que quieres convertirte.”
— James Clear, Hábitos atómicos
Cuándo conviene aplicar cada ley: hacerlo obvio y hacerlo sencillo funcionan mejor antes de la compra —en el momento de armar la lista o el presupuesto de la semana—; hacerlo atractivo y hacerlo satisfactorio funcionan mejor durante y después de la decisión, cuando el impulso ya está activo y hace falta algo concreto que compita con él.
Cuando Otálora y Clear se cruzan
Otálora aporta el criterio: qué gasto es vital y cuál es prescindible, y con qué método concreto —el inventario, la multiplicación anual, el filtro de cinco preguntas— se traza esa frontera en la vida real de una familia argentina. Clear aporta el mecanismo: cómo hacer que esa clasificación, correcta en la teoría, sobreviva al momento exacto en que aparece la tentación de gastar.
Ningún autor reemplaza al otro. Clasificar sin sostener el hábito termina, en la práctica, como la buena intención de enero que se abandona en marzo. Sostener un hábito sin un criterio claro de qué gasto ajustar termina, en cambio, en una privación arbitraria que tampoco se sostiene, porque nadie mantiene por mucho tiempo una restricción que no entiende ni comparte. Juntos, forman el par que le faltaba al presupuesto armado en la Clase 3: qué ajustar, y cómo hacer que ese ajuste dure.
Este cruce cierra un círculo que viene de la Clase 1: el hombre esponja que describe Otálora no nace disciplinado por naturaleza. Se vuelve esponja porque construyó, con el tiempo, hábitos que hacen obvia, atractiva, sencilla y satisfactoria la buena decisión financiera, exactamente el proceso que describe Clear. La distinción entre colador y esponja, entonces, no es un rasgo fijo de carácter: es el resultado acumulado de qué tan bien diseñado está el propio entorno de decisiones.
Casos prácticos
Caso 1 — Norma, jubilada docente en Eldorado
Norma ya apareció en la Clase 2, cuando descubrió el costo silencioso de mantener sus ahorros inmóviles. En esta clase retoma su presupuesto, armado en la Clase 3, y aplica por primera vez la clasificación de Otálora sobre sus propios gastos mensuales.
Al revisar línea por línea, Norma encuentra que paga mensualmente una suscripción de cable con un paquete de canales que casi no mira, un seguro adicional para el auto que duplica una cobertura que ya tiene por otro lado, y una cuota de gimnasio a la que dejó de asistir hace varios meses. Ninguno de estos tres gastos es, en sí mismo, dramático. Sumados y multiplicados por doce meses, sin embargo, representan casi el equivalente a dos meses de la cuota de ahorro que Norma se había comprometido a sostener.
Siguiendo el filtro de las cinco preguntas de Otálora, Norma se detiene especialmente en la cuarta: ¿realmente lo necesita? En los tres casos, la respuesta honesta es que no. Aplicando la primera ley de Clear —hacerlo obvio—, decide anotar en un cuaderno visible, en la cocina, cada suscripción activa junto a su costo anual, no mensual, para no volver a subestimarlas.
El caso de Norma muestra que los gastos innecesarios no siempre tienen la forma de un impulso puntual: a veces son compromisos fijos que alguna vez tuvieron sentido y que el hábito dejó de cuestionar. Clasificar no es solo mirar hacia adelante: también es revisar, hacia atrás, lo que quedó funcionando en piloto automático.
Al dar de baja las tres suscripciones, Norma libera un excedente mensual que decide sumar, de manera directa, a su cuota de ahorro ya comprometida, siguiendo el consejo de Poissant y Godefroy trabajado en la Clase 3: sostener con disciplina el porcentaje, incluso cuando aumenta.
Norma también revisa, con el filtro de las cinco preguntas, un gasto que hasta ahora nunca había cuestionado: el taxi que toma dos o tres veces por semana para ir al centro de Eldorado, aun cuando existe una línea de colectivo con una frecuencia razonable sobre el mismo recorrido. Multiplicado por su frecuencia anual, ese gasto en taxi representa un monto que la sorprende, comparado con lo que le costaría resolver el mismo trayecto en transporte público. Decide reservar el taxi para los días de lluvia o de mayor cansancio, y usar el colectivo el resto de la semana, sin eliminar la comodidad por completo, solo ajustando su frecuencia.
Caso 2 — Joaquín, técnico electricista independiente en Oberá
Joaquín, que en la Clase 2 descubrió el costo de mantener sus ahorros en dólares completamente inmóviles, retoma en esta clase su presupuesto para aplicar la clasificación de necesarios e innecesarios sobre los gastos propios de su actividad como técnico independiente.
El primer hallazgo es sencillo: al trabajar por su cuenta, Joaquín usa el auto tanto para su vida personal como para trasladarse entre trabajos, y nunca había separado con claridad qué parte de la nafta correspondía a un gasto necesario —el traslado laboral— y qué parte a un gasto innecesario evitable —viajes personales que podría resolver caminando o en bicicleta, dada la cercanía—. Aplicando el mismo análisis de costo de oportunidad que Otálora desarrolla para la decisión de convertir el auto a GNC, Joaquín calcula que, dada la cantidad de kilómetros que recorre por trabajo, la conversión se recupera en poco menos de un año.
El segundo hallazgo tiene que ver con el impulso más que con la planificación: Joaquín reconoce que, cuando termina un trabajo grande y cobra, tiende a premiarse con una compra que no había planeado —una herramienta que no necesita todavía, ropa de trabajo de más—. Usando la segunda ley de Clear —hacerlo atractivo—, decide vincular ese mismo momento de cobro con un gesto distinto: transferir de inmediato el porcentaje de ahorro del ocho por ciento que había definido en la Clase 3, antes de permitirse cualquier gasto adicional, de manera que el orden llegue primero y el margen para el gusto ocasional quede claro y acotado.
El caso de Joaquín muestra que, para quien trabaja de manera independiente, la frontera entre gasto necesario e innecesario a veces se superpone con la frontera entre gasto personal y gasto del negocio, como ya había empezado a notar en la Clase 3. Clasificar con precisión en ambos planos a la vez es lo que le permite proteger, al mismo tiempo, su bienestar y la salud de su actividad.
Con la conversión a GNC decidida y el hábito de ahorrar antes de premiarse ya en marcha, Joaquín llega al cierre de la clase con un excedente mensual mayor al que tenía al terminar la Clase 3, sin haber resignado ninguno de los gastos que Otálora consideraría necesarios.
Un último ajuste surge al revisar sus gastos de trabajo: Joaquín compraba, cada vez que un cliente se lo pedía, repuestos de a uno, en el comercio más cercano a cada trabajo, sin comparar precios entre proveedores. Aplicando el mismo criterio que Otálora usa para los préstamos —comparar tasas antes de aceptar la primera oferta—, Joaquín empieza a comprar los repuestos de mayor rotación una vez por mes, en mayor cantidad y en el proveedor con mejor precio, en lugar de resolverlo trabajo por trabajo. El gasto sigue siendo necesario, porque es indispensable para su actividad, pero deja de estar mal administrado.
Síntesis integradora
Esta clase tomó el presupuesto armado en la Clase 3 y le agregó el criterio que le faltaba: no todo gasto merece el mismo trato. Otálora aportó la clasificación —necesarios, vitales e inevitables; innecesarios, vinculados a impulsos y deseos— y el método concreto para aplicarla: el inventario de lo acumulado, la multiplicación del gasto pequeño por su frecuencia anual, el filtro de cinco preguntas antes de cualquier compra, y la distinción entre gasto e inversión. Clear aportó el mecanismo para que esa clasificación, correcta en el papel, sobreviva al momento real de la tentación.
Los casos de Norma y de Joaquín muestran que el gasto innecesario no siempre tiene la forma dramática del impulso puntual: a veces es una suscripción que quedó funcionando sola, o un límite mal trazado entre lo personal y lo laboral. En ambos casos, el excedente no apareció por ganar más dinero, sino por mirar con honestidad lo que ya estaba ahí, exactamente como anticipaba la introducción de esta clase.
Conviene remarcar, para cerrar, que ni Otálora ni Clear proponen la privación como método. Otálora es explícito: el objetivo no es dejar de tomar café, sino pensar antes de repetir el gasto y buscar, cuando exista, un sustituto razonable. Clear, del mismo modo, no pide fuerza de voluntad heroica: pide diseñar el entorno para que la buena decisión sea la más obvia, la más sencilla y la más satisfactoria de tomar. Ese es el espíritu con el que esta clase espera que cada estudiante revise su propio presupuesto.
También vale remarcar que esta clasificación no es un juicio moral sobre el gasto innecesario. Otálora no condena el café, el taxi ocasional o el gusto dado de vez en cuando: condena la falta de conciencia con la que esos gastos se repiten sin haber sido, alguna vez, decididos. Un gasto innecesario, elegido con plena conciencia y dentro del margen que el presupuesto ya le reservó, no es un error: es, sencillamente, la parte del dinero que cada persona decidió destinar a su propio disfrute, después de haber cumplido con lo necesario y con el ahorro comprometido. El problema nunca fue disfrutar: fue hacerlo sin haberlo decidido.
Con la capacidad de ahorro ya afinada gracias a la clasificación de necesarios e innecesarios, la pregunta lógica siguiente es qué hacer con ese excedente de manera sostenida en el tiempo. La Clase 5 retoma el plan de acción sostenido que anticipa Del colchón a la inversión, y muestra por qué la cuota fija y sistemática, separada en el momento exacto en que se recibe el ingreso, es la forma en que este excedente recién descubierto deja de depender de la fuerza de voluntad de cada mes.
Referencias bibliográficas
Otálora, M. Del colchón a la inversión: guía para ahorrar e invertir en la Argentina. 2ª ed. Buenos Aires: Planeta, 2011.
Clear, J. Hábitos atómicos: un método sencillo y comprobado para desarrollar buenos hábitos y eliminar los malos. Buenos Aires: Paidós.
Ibáñez Padilla, G. Manual de Economía Personal: cómo potenciar sus ingresos e inversiones. Buenos Aires: Dunken. (referencia cruzada, Clase 3)
Puentes, R. A. Finanzas para Papá: manual de planificación financiera personal e inversiones financieras. (referencia cruzada, Clase 3)

