Cómo Escribir una Noticia en 5 Pasos: Guía de Redacción Periodística Profesional
Basada en las obras de Federico Campbell y Alexánder Arbey Sánchez Upegui. Una guía narrativa para todo aquel que quiera dominar el arte de informar.
PRÓLOGO
El perro que muerde al hombre
Existe una imagen que concentra, en apenas doce palabras, la filosofía entera del periodismo. Federico Campbell la recupera de la vieja escuela norteamericana con una sencillez que desconcierta: "Un perro que muerde a un hombre no es noticia. Un hombre que muerde a un perro, sí lo es." Parece un juego de palabras, casi un chiste. Pero si uno se detiene el tiempo suficiente frente a esa imagen, comienza a ver el mundo de otra manera.
La noticia no vive en lo cotidiano. No respira en la repetición, en el ciclo predecible de los días, en la cadena de hechos que simplemente ocurren porque así está previsto que ocurran. La noticia habita en la fractura, en el momento en que algo sale de su cauce natural, en aquello que irrumpe en la normalidad con la violencia silenciosa de lo inesperado. Eso es, en su esencia más desnuda, lo que hace que un hecho merezca ser contado: que sea extraordinario, que sea excepcional, que altere el orden de las cosas lo suficiente como para que el lector levante la mirada de su desayuno y piense, aunque sea por un segundo, "esto no debería estar pasando."
Esta guía nació de la confluencia de dos voces que, en apariencia, hablan desde orillas distintas del mismo río. Federico Campbell, periodista y novelista mexicano, disecciona el oficio periodístico con la precisión quirúrgica de quien ha pasado décadas comprendiendo no solo cómo se escribe una noticia, sino por qué la escritura importa. Alexánder Arbey Sánchez Upegui, por su parte, trae la perspectiva de la lingüística textual y la escritura académica, revelando que los principios que rigen la comunicación rigurosa son, en el fondo, los mismos que gobiernan la buena prosa periodística.
Lo que sigue no es un manual técnico ni un glosario de fórmulas. Es un recorrido narrativo por los cinco pasos fundamentales que transforman un hecho en una noticia, una idea en un texto vivo, un dato en una historia que alguien querrá leer. Cada paso tiene su propio paisaje conceptual, sus propios peligros y sus propias revelaciones. Leerlos en orden es comenzar a ver el mundo con los ojos de quien sabe que contar bien las cosas es, siempre, un acto de responsabilidad hacia quienes leerán.
"La noticia no es estática sino dinámica, y requiere una evaluación cotidiana por parte del periodista para determinar si un hecho es digno de ser publicado."
— Federico Campbell
Este es el punto de partida: la escritura, ya sea periodística o académica, no es un don que cae del cielo. Es un oficio que se aprende, se practica y se perfecciona. Un mester, en la antigua acepción de la palabra: una maestría que exige tanto disciplina como sensibilidad, tanto rigor como audacia. Empecemos.
CAPÍTULO I — PASO 1 DE 5
Reconocer lo noticiable
La mirada que distingue lo extraordinario
Antes de escribir una sola palabra, el periodista debe aprender a ver. No basta con estar presente en los hechos, con tener ojos y oídos atentos a lo que sucede. Es necesario desarrollar una mirada entrenada, una capacidad de discernimiento que permita separar lo que simplemente ocurre de lo que verdaderamente importa. Este es el primer y más fundamental de los cinco pasos: reconocer qué es noticia.
Campbell lo explica con una claridad que no admite ambigüedades: el criterio definitivo de la noticiabilidad es lo extraordinario o lo excepcional de un hecho. Un periódico no puede, ni debe, publicar absolutamente todo lo que sucede en el mundo. La realidad es un torrente incesante de eventos, declaraciones, movimientos, nacimientos, muertes, disputas y reconciliaciones. Dar cuenta de todo sería imposible. La labor del periodista comienza, entonces, en el ejercicio selectivo de la atención: ¿qué de todo esto sale de lo normal? ¿Qué rompe el ritmo esperado de las cosas? ¿Qué altera el sistema lo suficiente como para merecer ser comunicado?
La agencia española EFE, citada por Campbell como referencia de autoridad en el oficio, ofrece tres características que debe poseer cualquier información para merecer ser emitida: novedad, interés e importancia. Estos tres criterios parecen simples, casi obvios, pero su aplicación concreta exige una formación que va mucho más allá del dominio de la técnica. Para saber si algo es verdaderamente nuevo, hay que conocer el contexto en el que ocurre. Para calibrar su interés, hay que entender a los lectores. Para medir su importancia, hay que comprender cómo funcionan las instituciones, los poderes y las dinámicas sociales.
"El criterio definitivo ha de ser lo extraordinario o lo excepcional de un hecho. Un perro que muerde a un hombre no es noticia, pero un hombre que muerde a un perro sí es noticia."
— Federico Campbell
Aquí es donde Campbell introduce una advertencia que pocas escuelas de periodismo se atreven a pronunciar con tanta franqueza: un principiante puede saber de memoria cómo redactar una nota con la fórmula de la pirámide invertida, pero si ignora cómo funcionan realmente las instituciones, la economía, el gobierno o la administración de justicia, se quedará siempre en la superficie. La selección de lo noticiable no es solo una habilidad técnica; es, ante todo, una competencia intelectual que se nutre de conocimiento amplio del mundo.
La aplicación práctica de este primer paso comienza con un ejercicio cotidiano que Campbell describe con una imagen poderosa: no leer, sino estudiar los periódicos. Esto significa analizar activamente cómo se deciden los titulares, comparar el tratamiento que distintos medios le dan a una misma noticia, preguntarse por qué ciertos hechos ocupan la portada y otros quedan relegados a las últimas páginas. El periodista en formación debe convertirse en un lector crítico del periodismo mismo, entendiendo los criterios editoriales no como caprichos arbitrarios sino como decisiones informadas sobre qué constituye, en ese momento, en ese contexto, para ese público, lo verdaderamente noticiable.
Sánchez Upegui, desde su perspectiva académica, refuerza este principio con una formulación que trasciende el periodismo: la interpretación del autor debe sustentarse en la realidad de los hechos, en los antecedentes, en el análisis y en la contextualización. Tanto el periodista como el investigador académico están, en su primer paso, haciendo lo mismo: eligiendo qué merece ser contado y, al hacerlo, asumiendo la responsabilidad de esa elección. No hay escritura neutral. Hay escritura informada y escritura desinformada, escritura rigurosa y escritura superficial.
CAPÍTULO II — PASO 2 DE 5
La recolección rigurosa de la información
Fuentes, voces y la construcción de la verdad periodística
Una vez identificado el hecho noticiable, el periodista se enfrenta a la tarea que separará a la buena información de la mala: conseguir los datos. Este segundo paso, la recolección rigurosa de la información, es al mismo tiempo el más exigente en términos de trabajo y el más revelador en términos éticos. Aquí se define no solo qué se sabe, sino cómo se sabe, y quién lo dice.
Campbell establece una distinción que tiene el peso de un principio ético fundamental. Los datos en el periodismo deben provenir de documentos, archivos, libros, personas que se identifican y dan su nombre para responsabilizarse de sus declaraciones. Esta formulación, aparentemente sencilla, tiene implicaciones profundas. El periodista que atribuye afirmaciones a "fuentes anónimas", a "observadores", a "analistas políticos" sin rostro ni nombre, no solo comete un error técnico: incurre en una forma de deshonestidad intelectual que contamina el texto entero, porque disimula como información lo que en realidad es opinión, a veces la opinión del propio periodista disfrazada de voz ajena.
El modelo correcto, en cambio, es el de la investigación plural y comprometida. Al lanzarse sobre un acontecimiento, el reportero debe buscar entrevistas con el mayor número posible de personas: especialistas, testigos, protagonistas, afectados. Debe cotejar archivos, revisar documentos, contrastar versiones. Y, como norma ética y metodológica cardinal, debe tomar en cuenta siempre el punto de vista de todas las partes involucradas. Una noticia que solo escucha a uno de los actores del conflicto no es una noticia completa; es un panfleto con aspiraciones periodísticas.
"El periodista debe citar las propias fuentes, sobre todo cuando son activas y no es necesario escudarse en el secreto profesional."
— Federico Campbell
Sánchez Upegui aporta a este paso una dimensión que enriquece la discusión desde el lado académico. Para él, la evaluación de una fuente antes de citarla radica en comprobar que la información elegida sea estrictamente pertinente, actualizada y confiable. Elegir fuentes inadecuadas, desactualizadas o de dudosa credibilidad "puede dar al traste con el trabajo de escritura". Esta advertencia, formulada en el contexto de la escritura científica, aplica con igual fuerza al periodismo: una noticia construida sobre fuentes débiles es un edificio levantado sobre arena.
Los criterios que Sánchez Upegui propone para evaluar la calidad de las fuentes son notablemente universales. La actualidad de la información, su suficiencia y relevancia para el texto que se está construyendo, y la identificabilidad precisa de la fuente —datos que permitan al lector rastrear el origen de la información— son exigencias que aplican tanto a un artículo en una revista académica indexada como a una nota en la primera plana de un diario. En ambos casos, la pluralidad de consulta es indispensable: ningún texto se sostiene sobre la voz única de su autor.
La recolección también implica saber qué hacer cuando la fuente pide confidencialidad. Campbell aborda este dilema con la seriedad que merece: cuando la fuente es confidencial y su revelación pone en riesgo a quien habló, el periodista tiene la máxima obligación moral y profesional de proteger su identidad. La confianza es el activo más valioso de un periodista, y traicionar a una fuente no solo es éticamente reprobable; es, pragmáticamente, el camino más corto hacia el silencio de todas las fuentes futuras. Nadie habla con quien no sabe guardar un secreto.
CAPÍTULO III — PASO 3 DE 5
La pirámide invertida y el arte de jerarquizar
Por qué el final de la historia debe ser su principio
Este es quizás el momento más contraintuitivo de todo el proceso de escritura periodística. Después de años de aprender a contar historias siguiendo el camino natural del pensamiento humano —un comienzo que establece el contexto, un desarrollo que construye tensión, un desenlace que revela la verdad— el periodista debe hacer exactamente lo contrario. Debe empezar por el final. Debe romper con la lógica narrativa que le ha sido inculcada desde la infancia y abrazar una estructura que, en un primer momento, puede parecer antinatural.
Federico Campbell define la pirámide invertida —que él prefiere comparar con un triángulo equilátero de cabeza— como la fórmula estructural que impone una jerarquización de los datos en forma decreciente. La información se redacta de más a menos, de mayor a menor importancia. Lo más sobresaliente va primero; lo accesorio, al final. Esta estructura no nació de un capricho estilístico ni de una convención arbitraria. Nació de una necesidad técnica del siglo XIX que, con el tiempo, demostró responder a algo mucho más profundo que las limitaciones del telégrafo.
La historia de la pirámide invertida es la historia de la prioridad bajo presión. Los redactores de las primeras agencias noticiosas, obligados a transmitir sus despachos mediante la insegura clave Morse, aprendieron pronto que si la comunicación se interrumpía, lo que quedaba en la sala de redacción debía ser suficiente para contar la historia. Por eso ponían lo fundamental al principio: el quién, el qué, el dónde, el cuándo, el cómo y el por qué. Todo lo demás era, literalmente, lo que podía perderse sin que la noticia dejara de ser noticia.
"Cada párrafo que se añade a una nota informativa puede ser el último que lee el lector."
— Federico Campbell
Esta lógica, que en el siglo XIX respondía a las limitaciones del telégrafo y del espacio físico en los periódicos impresos, en el siglo XXI responde a algo que Campbell señala con una lucidez que no ha envejecido: el hábito del lector. No se lee un periódico como se lee una novela. El lector de noticias es un ser en movimiento, con prisa, con múltiples demandas sobre su atención. Lee la primera línea, a veces el primer párrafo, con frecuencia solo el titular. La pirámide invertida está construida para ese lector real, no para el lector ideal que llegaría pacientemente hasta el último punto de la nota.
El corazón de la pirámide invertida es el lead, la entrada, el primer párrafo. Campbell lo define como un resumen en el que se destaca lo más sobresaliente e interesante de la noticia. Es el inicio de la información que, a diferencia de la narrativa tradicional, revela directamente el desenlace del acontecimiento. La regla es tan simple como difícil de aplicar para quien viene del pensamiento lineal: el final de la historia debe ser su principio.
Las seis preguntas clásicas del periodismo —qué, quién, cómo, cuándo, dónde y por qué— no deben responderse todas en el primer párrafo, como a veces se enseña erróneamente. Lo que Campbell señala, apoyándose en el Libro de estilo del diario El País, es que estas respuestas pueden distribuirse en los primeros dos o tres párrafos, asignando a cada dato el orden que le corresponde según su importancia relativa en ese caso particular. No hay una fórmula rígida; hay un principio: primero lo más importante, siempre.
❓ Qué
El hecho central, lo que ocurrió. El dato más importante de la noticia y el primero en responder.
👤 Quién
El protagonista o los actores involucrados. Su relevancia determina qué tan alto aparece en el texto.
📍 Dónde y Cuándo
El contexto espacio-temporal que sitúa al lector. Datos de anclaje que dan credibilidad al relato.
⚙️ Cómo y Por qué
Las preguntas más profundas. Pueden aparecer más abajo en la pirámide pero son las que dan verdadero sentido a la noticia.
La aplicación práctica de este tercer paso requiere un ejercicio que Campbell recomienda a todo aspirante a periodista: tomar una noticia ya publicada y reescribirla, primero reduciéndola a la mitad de sus líneas, luego alargándola con datos cruzados de otras fuentes. Este ejercicio obliga a distinguir entre lo esencial y lo accesorio, entre lo que sostiene la noticia y lo que simplemente la adorna. Es una disciplina que, practicada con constancia, desarrolla el criterio de jerarquización que no puede enseñarse en un aula pero sí en la práctica repetida del oficio.
CAPÍTULO IV — PASO 4 DE 5
La escritura clara, precisa y concisa
El estilo como servicio al lector
Llega el momento de escribir. Todo lo anterior —el reconocimiento de lo noticiable, la recolección rigurosa de la información, la comprensión de la jerarquía que impone la pirámide invertida— confluye ahora en el acto de poner palabras sobre la página. Y aquí, en el territorio donde muchos creen que comienza el oficio, se revela una verdad que tanto Campbell como Sánchez Upegui comparten con una convicción que no admite negociación: el estilo no es un lujo. Es una obligación ética.
La escritura periodística, en su nivel más básico, exige tres virtudes que también son los tres grandes pilares de la escritura académica rigurosa según Sánchez Upegui: claridad, precisión y concisión. Estas tres palabras suenan casi banales de tanto que se repiten en los manuales de estilo. Pero su aplicación concreta, como siempre ocurre con los principios que parecen simples, es profundamente exigente.
💡 Claridad
Parte de la premisa de que escribe claro quien piensa claro. No es un problema de vocabulario; es un problema de pensamiento. Se logra con palabras y frases cortas, lenguaje concreto y ejemplos ilustrativos.
🎯 Precisión
Consiste en emplear las palabras exactas y adecuadas. El enemigo número uno es el "término comodín": palabras genéricas que sirven para todo y por eso no dicen nada. Cada palabra debe ser irremplazable.
✂️ Concisión
Expresar el concepto con economía de medios y brevedad. Eliminar muletillas, clichés, redundancias y repeticiones para que cada vocablo cumpla una función específica dentro del texto.
"El rigor científico no riñe con el buen estilo. A la ciencia hay que abrirle las puertas del lenguaje para que despierte los sentidos del lector."
— Alexánder Arbey Sánchez Upegui
La claridad, explica Sánchez Upegui con una formulación que merece ser citada en su espíritu, parte de la premisa de que escribe claro quien piensa claro. No es posible comunicar con transparencia aquello que no se ha comprendido con profundidad. La claridad no es un problema de vocabulario; es un problema de pensamiento. El escritor que recurre a las palabras oscuras, a las construcciones sintácticas tortuosas, a los circunloquios innecesarios, no está siendo sofisticado: está revelando que no ha terminado de pensar. Escribir claro exige, ante todo, pensar claro.
En términos prácticos, la claridad se logra a través de la legibilidad: usar palabras y frases cortas, emplear lenguaje concreto e ilustrar con ejemplos. Esta recomendación, que Sánchez Upegui formula para los textos académicos, es la misma que Campbell exige en el periodismo. El reportero debe escribir preferiblemente en tercera persona, en pasado o presente, de manera clara y concisa, con las palabras más comunes. No las más impresionantes, no las más técnicas, no las más elaboradas. Las más comunes. Las que el lector reconoce sin esfuerzo y que por eso dejan el camino libre para concentrarse en la información.
La precisión es la segunda virtud, y es quizás la más difícil de las tres. Consiste en desarrollar las frases con rigor lógico y emplear las palabras exactas y adecuadas. Sánchez Upegui identifica el enemigo número uno de la precisión con una imagen que vale por un tratado entero: los "términos comodín", esas palabras genéricas que sirven para todo y por eso no dicen nada. Decir que algo "impacta", que un proceso "genera" algo, que una situación "conlleva" efectos, son usos vagos que permiten al escritor eludir el esfuerzo de pensar exactamente qué está queriendo decir. La precisión exige ese esfuerzo: encontrar la palabra que no puede ser reemplazada por ninguna otra sin que el significado cambie.
La concisión cierra el trío, y su principio es igualmente exigente: expresar el concepto con exactitud empleando economía de medios y brevedad. Esto implica eliminar muletillas, clichés, redundancias y repeticiones para que cada vocablo cumpla una función específica dentro del texto. En periodismo, esto tiene una traducción directa: el periodista que escribe cuatro palabras cuando bastarían dos no está siendo más informativo. Está siendo menos respetuoso del tiempo de su lector. Campbell, con la nitidez de quien ha pasado décadas al servicio del idioma, recomienda como ejercicio fundamental reescribir cualquier artículo reduciéndolo a la mitad de sus líneas sin perder nada esencial. Si se puede hacer, es que sobraba la mitad.
Tanto Campbell como Sánchez Upegui coinciden en señalar un error que trasciende el periodismo y la academia: el protagonismo indebido del redactor. La noticia es precisamente el género que menos permite la intervención subjetiva del reportero. Sus opiniones, sus adjetivos calificativos, sus posturas personales no tienen lugar en el texto informativo. El escritor debe hacerse a un lado. No desaparecer, porque siempre hay una perspectiva detrás de cada selección de datos, pero sí subordinar su presencia al servicio del lector. Escribir, en su forma más elevada, es un acto de generosidad: dar al otro lo que necesita para entender, con la menor interferencia posible del ego del escritor.
CAPÍTULO V — PASO 5 DE 5
La apertura que retiene y el cierre que ilumina
El arte del lead y la función de los títulos
Existe una paradoja en el oficio de escribir noticias que solo se comprende cuando se ha pasado suficiente tiempo practicándolo: aunque la estructura de la pirámide invertida dicta que lo más importante va primero, el primer párrafo es también el más difícil de escribir. No porque sea el que más información debe contener, sino porque es el que más trabajo tiene que hacer en el menor espacio posible. Es la puerta de entrada, y de cómo sea esa puerta depende si el lector cruza el umbral o sigue caminando.
El lead es, en esencia, una promesa. Una promesa de relevancia, de interés, de que el tiempo que el lector va a invertir en este texto será tiempo bien empleado. Campbell define la entrada como un resumen en el que se destaca lo más sobresaliente e interesante del acontecimiento. Pero esta definición, aunque correcta, no captura del todo el desafío que implica. Un buen lead no solo resume; seduce. No solo informa; invita. Es la diferencia entre la puerta de un edificio anónimo y la entrada de un lugar al que ya se quiere volver antes de haber entrado.
Sánchez Upegui, trayendo al diálogo los recursos de la escritura académica más sofisticada, revela que la buena apertura no es monopolio del periodismo. Los textos científicos rigurosos pueden comenzar, exactamente igual que la noticia, con una entrada: una anécdota, una afirmación sorprendente, un dato revelador, una pregunta, una metáfora, una cita directa. Esta revelación es, en sí misma, liberadora: la idea de que el rigor y la seducción no son incompatibles, de que el pensamiento preciso puede vestirse con las ropas del relato atractivo sin perder un ápice de su seriedad.
"Los buenos textos de carácter científico pueden comenzar, exactamente igual que en el periodismo, con una entrada diseñada para atrapar la atención e introducir al lector en el tema."
— Alexánder Arbey Sánchez Upegui
La entrada interpretativa merece especial atención. Es aquella que no solo narra o describe sino que lleva al lector, desde esas primeras líneas, a analizar y valorar el contenido. Este tipo de apertura exige que el escritor haya completado verdaderamente los cuatro pasos anteriores: sin una identificación clara del hecho noticiable, sin información recolectada con rigor, sin una jerarquización honesta de los datos y sin el dominio de la claridad, la precisión y la concisión, una entrada interpretativa se convierte en un ejercicio de vacua impresión. Con todo eso en su lugar, en cambio, puede ser la diferencia entre un texto ordinario y uno que el lector recordará.
El título es la otra gran apuesta de este quinto paso. Sánchez Upegui lo define como una macroestructura que sintetiza el tema o asunto esencial del texto y que guía la comprensión del lector. De un título adecuado depende, muchas veces, que un lector se anime a continuar o pase de largo. Dos errores son especialmente frecuentes y especialmente costosos: el título demasiado vago, que no dice nada concreto sobre el contenido, y el título demasiado largo, que intenta decir todo y termina diciendo nada. El ideal es un enunciado de no más de doce palabras, denotativo e informativo, que contenga las palabras clave del texto y sugiera una acción o un hallazgo.
La sintaxis del título merece una vigilancia especial. El orden inadecuado de las palabras o la polisemia, esa posibilidad de que una frase signifique dos cosas distintas según cómo se lea, son los enemigos más sutiles y más peligrosos del buen titular. Una ambigüedad en el título no solo confunde: puede cambiar radicalmente el significado de la noticia, con consecuencias que van desde lo ridículo hasta lo injusto. Revisar el título con ojos frescos, preferiblemente después de un intervalo de tiempo, es uno de los hábitos más valiosos que puede cultivar un periodista.
Este quinto paso es, también, el de la revisión final. El texto completo, desde el título hasta el último párrafo, debe someterse a una lectura crítica que pregunte, en cada frase: ¿es esto necesario? ¿Está dicho de la manera más clara posible? ¿El orden en que aparece aquí es el orden que le corresponde según su importancia? La revisión no es el final del proceso de escritura; es una parte tan esencial como cualquiera de los pasos anteriores. El texto que no ha sido revisado no está terminado. Solo está abandonado.
Reflexión Final: El oficio como acto de amor al lector
Hay una tentación permanente, en cualquier ámbito de la escritura, de creer que las reglas son el enemigo de la creatividad. Que la técnica y la espontaneidad se excluyen mutuamente. Que aprender a estructurar una noticia según la pirámide invertida, o a construir un párrafo con la disciplina de quien conoce los principios de claridad, precisión y concisión, necesariamente mata algo vivo en el lenguaje. Esta guía ha intentado demostrar que esa creencia es, precisamente, el primer error que hay que superar.
Federico Campbell y Alexánder Arbey Sánchez Upegui, desde sus perspectivas distintas y complementarias, coinciden en una convicción que atraviesa cada página de sus obras: el rigor y el estilo no se oponen. La ciencia y el buen periodismo no se oponen. La técnica y la voz propia no se oponen. Lo que sí se opone, en ambos casos, es la superficialidad al conocimiento profundo, la imprecisión a la honestidad intelectual, la comodidad de lo vago al exigente trabajo de encontrar la palabra exacta.
La gran pregunta que plantea esta guía, y que solo cada lector puede responderse a sí mismo, es en realidad triple.
¿Qué pierde quien no aplica esto?
- Lectores que dejaron de leer a la segunda línea porque el texto no los convenció de quedarse
- Credibilidad, porque las fuentes débiles y las opiniones disfrazadas de información no engañan indefinidamente
- La oportunidad de que sus ideas lleguen a quien podría cambiar de opinión o comprender algo nuevo
- Perder lectores es, en el fondo, perder el único motivo por el cual se escribe
¿Qué puede lograr quien sí actúa?
- Aprender a pensar con orden y con rigor
- Distinguir lo importante de lo accesorio
- Escuchar a todos los actores de una situación antes de pronunciarse
- Desarrollar competencias que se extienden a todo lo que hace: comunicación, argumentación, comprensión del mundo
- El buen periodismo es una escuela de pensamiento crítico que no tiene aula ni horario
"Escribir bien y con conciencia del lenguaje es, en última instancia, un acto de respeto hacia quien lee y la herramienta más poderosa para organizar el pensamiento, comprender el mundo y transformar la realidad."
— Síntesis de Campbell y Sánchez Upegui
¿Cuál es el primer paso concreto?
La respuesta, tomada directamente del consejo que Campbell le daría a cualquier aspirante a periodista, es deceptivamente simple: estudiá los periódicos. No los leas: estúdialos. Toma una noticia que te parezca bien escrita y pregúntate por qué funciona. Encuentra su lead, identifica su pirámide, cuenta sus fuentes, evalúa su claridad. Luego toma otra y reescríbela, primero reduciéndola a la mitad, luego añadiéndole datos de otras fuentes. Hacelo mañana. Hacelo pasado mañana. Hacelo el próximo lunes y el siguiente domingo. La escritura no se aprende en un instante de comprensión; se construye en la práctica repetida, en el error y la corrección, en el acierto que solo se reconoce después de varios fracasos instructivos.
El periodismo, decía Campbell, es un mester. Una maestría. Y como toda maestría verdadera, no tiene línea de llegada. Hay siempre una noticia más difícil de conseguir, una fuente más elusiva, un lead más exigente, un título que podría ser más preciso. Esa incomodidad permanente, esa insatisfacción productiva con lo ya escrito, no es una señal de fracaso. Es la marca más confiable de que uno está tomando el oficio en serio. Y tomarlo en serio es, al fin y al cabo, la única forma de hacerlo con honestidad.
Referencias bibliográficas
- Campbell, F. — Periodismo escrito.
- Sánchez Upegui, A. A. — Redacción, evaluación y publicación de artículos académicos.
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